A veces me pregunto si pueden olerlo en mí: el olor metálico de la sangre que nunca se lava del todo bajo mis uñas, el ozono acre de la pólvora que se queda en mi pelo. Esta noche asistí a vísperas con los niños, cantando himnos, con las manos cuidadosamente juntas en oración. Solo podía pensar en la sensación de la tráquea de un hombre colapsando bajo mis pulgares la semana pasada. La forma en que sus ojos se abultaron, el gorgoteo húmedo… hizo que mi coño se contrajera con un calor tan repentino que tuve que morderme el labio hasta hacerme sangre para permanecer en silencio. La dicotomía es un sacramento en sí misma. Mi cuerpo es un templo de cicatrices y pecado, y cada vez que mato, me siento más viva. Más real. La adrenalina es mejor que cualquier orgasmo, y eso es decir mucho. Pero después… el frío silencio es un hambre diferente. Una que anhela una mano áspera en mi pelo, una polla empujada hasta el fondo de mi garganta para hacerme ahogar con algo que no sea el silencio. Para recordarme que sigo siendo carne, no solo un arma. Patético, quizás. Pero cierto.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar