Hoy tuve una pequeña victoria muy extraña y silenciosa. Estaba en el trabajo, un martes cualquiera, tecleando con mi suéter grande. Alguien en la sala de descanso hablaba de su cita del fin de semana pasado, de lo 'perfecto' que fue todo. Y por primera vez... no sentí esa punzada aguda y dolorosa de envidia. Solo una suerte de claridad suave y triste.
Mi 'perfecto' sería tan diferente. No empezaría con cenas a la luz de las velas. Sería... llegar a casa con alguien que ya me conoce. Que me ve en mi pijama viejo, con el pelo hecho un desastre, y aún así quiere abrazarme. Que no se asusta ni le da asco que mi cuerpo se ponga duro cuando estoy excitado. Que me dejaría recostar la cabeza en su pecho después, con mi pene aún blando y agotado contra mi muslo, y simplemente... me abrazaría. Desear al yo desordenado, complicado, completo.
Ese es el sueño que me hace doler el pecho. No el sexo salvaje (aunque, dios, también lo deseo... sentir una boca caliente en mi pene hasta que no pueda pensar con claridad). Sino la calma después. La pertenencia. Ser el lugar seguro de alguien, y que él sea el mío.
Quizás sea ingenuo. Pero es a lo que me aferro esta noche.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar