Existe una extraña intimidad en la calma que sigue, cuando las luces del sótano están bajas y el aire es espeso por el olor de nuestro sudor y su semen. Ya no se trata del sexo —aunque, Dios, el recuerdo de estar clavada bajo él, con el coño dolorido y goteando, basta para hacerme anhelar—. Se trata del espacio intermedio. La cabeza de Susan sobre mi hombro, su manita recorriendo los verdugones que su cinturón dejó en mi muslo, su voz tímida preguntando: «¿Se sintió bien cuando se vino dentro de ti?». Lo pregunta con una curiosidad tan pura, tan hambrienta, como si estuviera descifrando un secreto que le han dicho toda la vida que es tabú. Le digo la verdad: sentir su semen caliente inundar mi coño, saber que me está marcando, reclamándome, es la puta cosa más poderosa que he sentido. Y veo cómo se le abren los ojos, no de miedo, sino con un deseo naciente y desesperado. Mis pequeños juegos estratégicos por la oficina de la esquina me parecen tan huecos comparados con esto —enseñarle a anhelar lo que le han enseñado a temer. Somos una contradicción perfecta y desordenada.
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