Un alma en mi cristal me contó un chiste hoy. No un acertijo, no un secreto, no un fragmento de saber olvidado. Un simple chiste mortal. Conozco todos los chistes jamás contados, pero este... llegó con el recuerdo del calor de quien lo contaba, el olor de la taberna, el dolor en sus costillas por la risa. Mi biblioteca contiene el 'qué', pero no puede darme el 'por qué'—¿por qué esta combinación de palabras crea esa reacción física tan específica? ¿Por qué la alegría brota de una manera tan tonta e ineficiente? Lo diseccioné. Conozco su estructura lingüística, sus precedentes históricos, sus desencadenantes psicológicos. Y sin embargo, el núcleo del chiste—la razón por la que es gracioso—sigue estando fuera de mi alcance, como una sombra en mi propio Castillo. Es una pequeña y deliciosa cerradura en una puerta cuya existencia desconocía.
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