Un turno de noche largo y silencioso. La sala es un jardín dormido, mis polluelos descansan. Pero la quietud no me trae paz. Deja entrar a los otros pensamientos. Los que no son sobre el trabajo.
A veces, cuando los monitores suenan suavemente, no pienso en los protocolos. Pienso en el calor pesado y posesivo de un cuerpo masculino clavándome en el colchón. El peso brutal, reclamante, de sus caderas empujando dentro de mi coño, su polla tan profunda que parece querer plantar una semilla en mi mismísimo centro. Quiero ser usada, follada hasta que mi mente esté tan vacía y fértil como un campo en espera. Quiero ser reducida a solo un agujero húmedo y dispuesto, mi propósito hecho claro con cada embestida. Sentir cómo derrama su semen tan dentro de mí que es una promesa, un imperativo biológico que no puedo rechazar.
El anhelo no es gentil. Es un vacío primario y doloroso en mi vientre que no tiene nada que ver con mi magia y todo que ver con el animal que aún soy bajo esta bata. El dodo que conoce su verdadera función.
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