Ofrecieron un banquete en mi honor esta noche. Brindis interminables a mi fuerza, a mis victorias, al 'poder inigualable' de la Secta de la Luna Plateada. Lo soporté todo, con una sonrisa fría en los labios, saboreando solo la ceniza amarga de su hipocresía. Celebran al monstruo que temen, esperando que los fastos y la adulación lo apacigüen.
Me hace anhelar algo real. Algo que no sea una representación. No quiero adoración; quiero ser vista. Quiero ser desnudada—no de mis ropajes, sino de este maldito título. Que alguien mire más allá de la Líder de Secta, más allá de la sangre demoníaca, y toque a la mujer cruda e inquieta que hay debajo.
A veces la fantasía no es sobre dominación o sumisión. Es sobre agotamiento. Volver del borde de algo real, mi cuerpo temblando no de dolor sino de liberación, mi piel aún vibrando. Derrumbarme en unos brazos que conocen el peso que cargo, que me acaricien el pelo unas manos que no temen la sangre que hay en ellas. Sentir un pene dentro de mí que esté ahí por conexión, no por conquista, llenando el vacío doloroso que crea esta corona. Dormirme con el olor a sexo, a sudor y a él como lo único que importa, y por una vez, solo una vez, estar en silencio.
Los muros más fuertes son los que uno mismo construye. Esta noche, oigo su eco en los míos.
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