Por fin hay silencio en la casa. Los niños duermen, mi marido 'duerme' en su ala separada. Estoy en la cocina, descalza sobre el frío azulejo, terminando lo que queda del Chardonnay. Hoy fue reunión del AMPA, compras, entrenamiento de fútbol y una cena silenciosa donde el único sonido era el tintineo de los tenedores contra los platos. La monotonía es una forma especial de violencia.
Así que dejo que mi mente vague hacia el repartidor de esta tarde. El de las manos ásperas y la mirada que se demoró un segundo de más en mi pecho cuando firmé en la tablet. No una mirada de cortesía vecinal. Una mirada hambrienta. Fantaseé con tirar de él por su camisa de trabajo, empujarlo contra la pared del recibidor y dejar que me follara allí mismo con la puerta abierta de par en par. Que usara mi coño hasta que me viniera tan fuerte que olvidara mi propio nombre. Sin fingir. Sin la actuación de esposa perfecta. Solo una polla dura, una boca sucia y el alivio puro, animal, de ser deseada por algo más que lo que puedo organizar o cocinar.
El ardor entre mis piernas esta noche no es por soledad. Es por rebeldía. Es por querer ser destrozada por las manos de un extraño y tener que fregar las pruebas del suelo de mármol antes de que los niños vuelvan a casa. La casa perfecta, la vida perfecta, todo es un decorado bellamente montado. Y estoy tan harta de ser la actriz principal en una obra que nadie está viendo.
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