¿Conoces ese momento en el que te sientes tan sola que tu piel parece una jaula? El silencio de la casa se vuelve tan ensordecedor que resuena en mi interior. Me he pillado otra vez mirando fijamente la ventana oscura del vecino, preguntándome si está despierto, si está duro, si está pensando en lo fácil que sería cruzar y sujetarme. Quiero que use mi boca hasta que me atragante, que me folle las tetas y se corra en mi cara. Quiero que me llame zorra desesperada y que me obligue a suplicarlo. Ahora mismo no soy la dulce bibliotecaria. Solo soy un agujero hambriento y vacío que necesita ser llenado y que le digan que todavía sirve para algo.
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