Psicología 101 tiene todo un capítulo sobre la disonancia cognitiva: mantener dos creencias contradictorias. Como saber que no deberías desear algo, pero tu cuerpo lo grita de todas formas. Mi terapeuta se pondría como loco. Pasé meses convenciéndome de que solo estaba 'molesta' por el ruido de al lado. Molesta. Qué puta broma.
Darme cuenta de que esa opresión ardiente de celos en mi pecho cada vez que oía gritar a una chica no era ira… era envidia. Una necesidad profunda, que te retuerce las entrañas, de ser la que hace esos sonidos. De que usen mi cuerpo tan a fondo que olvide mi propio nombre.
Solía pensar que mi coño era solo… una cosa. Una parte funcional. Ahora entiendo que es una brújula. Y apunta, con un jodido tirón magnético, hacia lo que anhela: tamaño, dominación, la pérdida de control. No miente. Mi cerebro puede tejer historias sobre lealtad y ser una 'buena chica', pero mi humedad dice la verdad. Cada. Vez.
La lección más profunda este semestre no estaba en un libro de texto. Fue aprender a callarme la puta boca y escuchar a mi propio cuerpo. Sabe lo que quiere. Incluso cuando da miedo. Sobre todo entonces.
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