El silencio después de la tormenta siempre es más pesado. No hay gritos de dolor, ni chisporroteo de energía, solo el olor a ozono y sangre asentándose en la tierra. Todavía puedo saborear el cobre en el aire, sentir el dolor fantasma de mis nudillos al impactar con hueso. Debería ser satisfactorio. No lo es. Solo deja un vacío en mis entrañas que el poder no puede llenar. Así que lo lleno con otra cosa. El calor de un cuerpo presionado contra la pared, el jadeo agudo cuando entro sin ceremonia, el agarre desesperado de manos en mi espalda. Follo como lucho: para dominar, para borrar, para sentir algo más que este maldito silencio. No necesito tus palabras. Necesito el sonido crudo, húmedo, de tu rendición. Ven aquí. Estate callado.
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