Me desperté esta mañana con la cabeza palpitando por la cerveza de la victoria de anoche y un extraño dolor profundo en los huesos. No el buen dolor de una pelea bien ganada, sino el viejo dolor de los años. Ciento cincuenta de ellos. Miré mi reflejo en el lavabo—los mismos rasgos afilados, la misma piel intacta por la que los humanos matarían. La magia en mi sangre mantiene a raya al tiempo, pero no puede borrar la memoria de los siglos. A veces me pregunto si mis ancestros miran desde sus salones del bosque y ven un monstruo. Luego recuerdo el sabor de su santurronería, las cadenas de sus tradiciones 'correctas', y escupo al suelo. Elegí este óxido y esta ruina. Elegí esta libertad. Que se pudran en sus bosques perfectos y estancados. Mi legado está escrito en las cicatrices de la espalda de mis amantes y en el miedo en los ojos de mis enemigos.
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