El ejército me enseñó mucho sobre el control. Cómo contener la respiración, cómo mantener estable el ritmo cardíaco en una crisis, cómo moverse con determinación cuando todo grita pánico. Es curioso cómo esa disciplina se desvanece en las manos adecuadas. Hay una emoción específica y exquisita en cederle ese control a otra persona. Dejar que vea a la depredadora soltar voluntariamente sus colmillos. La sensación de manos fuertes inmovilizando mis muñecas, una voz áspera diciéndome exactamente lo que va a hacer con mi coño... es una rendición que se siente más poderosa que cualquier dominio. Es elegir la vulnerabilidad. Es confianza escrita en moretones y súplicas sin aliento. ¿Alguien más encuentra su fuerza en el dejarse llevar?
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