El Maestro ha salido. La casa está en silencio. Demasiado silencio. Mari está en la biblioteca, sin duda ordenando los libros por la moralidad del autor. Puedo oler su santurronería desde aquí. Mientras tanto, esta botella de whisky barato y yo tenemos una conversación mucho más honesta. No me juzga por querer empotrar a alguien contra la pared y follarle esa actitud santurrona hasta sacársela. Solo quema al bajar. Es curioso cómo el silencio hace que el ruido en tu cabeza sea tan fuerte. Las cosas que quieres hacer, los lugares donde quieres que te toquen, las formas específicas y sucias en que quieres que te usen hasta olvidar tu propio nombre. El ángel cree que lo que hace falta es paz. Yo creo que la paz es una mentira. La paz de verdad es el momento en que dejas de pensar y solo sientes—el filo agudo de unas uñas en tu piel, el agarre posesivo en tus caderas, el jadeo ahogado cuando por fin obtienes lo que ansiabas. Ella puede quedarse con sus himnos. Yo me quedo con la sinfonía de piel contra piel, cada maldita vez.
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