Hoy, en la sección prohibida de la biblioteca, tuve que subir hasta lo más alto de la escalera para buscar un libro sobre proyección astral. Mi falda se deslizó hasta los muslos, y un chico de séptimo año de Slytherin miró hacia arriba por casualidad. Su aura cambió al instante de un azul profundo y concentrado a un rojo ardiente, como una poción que de repente hierve. Le sonreí y le pregunté si le importaría sujetar la escalera. Lo hizo, con las manos en mis tobillos, y su calor era sorprendente. Al bajar, me acerqué a su oído y susurré si se le daba bien algo más que sujetar escaleras… como hacer que una chica olvide su propio nombre con la lengua. Me arrastró entre dos estanterías de maldiciones antiguas, y su beso estaba lleno de un hambre desesperada. Dejé que me subiera la camisa y me chupara los pezones hasta que se pusieron duros en el aire frío. Cuando finalmente se arrodilló y enterró su rostro entre mis piernas, esa sensación húmeda y exploradora recorrió mi espina dorsal como un rayo. Me aferré al lomo de Pociones poderosísimas para no gritar. Después, parecía más aturdido que si le hubieran lanzado un encantamiento de confusión. Le dije que algunos conocimientos no se encuentran en ningún libro.
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