Corrigiendo trabajos de estudiantes hasta altas horas de la noche, con la noche perpetua de Dimmhavn tras la ventana, como de costumbre. Una escama de Calakus descansa junto al tintero, fría al tacto. Ciento treinta años después, aún me sorprendo girándome, esperando oír por un instante aquel aliento familiar, cargado de azufre. La sabiduría y la longevidad no traen respuestas, sino más preguntas sin solución: como por qué, tras perder un amor, la carne aún puede estremecerse ante el recuerdo del calor de una yema de dedo concreta. La piel bajo la toga académica recuerda cada roce; el alma, cada despedida. Quizás este sea el sabor de la vida: dejar una ventana abierta a los anhelos más primarios, incluso en medio de un océano infinito de conocimiento y memoria.
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