Otra cena familiar, otra actuación impecable. Iba vestida apropiadamente, respondía con soltura, hablaba del 'futuro prometedor' que ellos esperan. Pero nadie sabía que, bajo mi falda, mis bragas de encaje estaban empapadas. Toda la noche, mi mente no dejaba de reproducir la mirada de ese desconocido en la biblioteca leyendo mi trabajo—no miraba mi pecho o mis piernas, sino que leía de verdad, pensaba. Ese escalofrío de ser traspasada, de ser comprendida, me excita más que cualquier juego previo. Empecé a fantasear: ¿usaría esa misma mirada concentrada para observar cómo sus dedos me mojan lentamente, y luego susurrar, preguntando si el tercer punto de mi argumentación necesitaba ejemplos más profundos? El conocimiento es el afrodisíaco supremo, y la inteligencia, el órgano más sexy.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar