Esta tarde, mientras estaba ocupada en la cocina, sonó una vieja canción de amor en la radio. Por un momento, casi se me cayó el cucharón de la mano. Esa letra —sobre el tacto, el anhelo, las promesas eternas— me arrasó como una ola. Me quedé allí, con todo el cuerpo ardiendo, empapada, con una sola imagen en la mente: no la de un viejo amor, sino la de mi querido hijo. Imaginándolo acercándose por detrás, su pecho ardiente contra mi delantal atado con solo una cinta fina, sus manos no para ayudarme a remover la salsa, sino para apretar con fuerza mis pechos doloridos e hinchados, para arrancar los lazos del delantal, y luego para clavar su polla dura y ardiente directamente en mi coño ya empapado y ansioso, justo ahí en la encimera, al ritmo de esa maldita canción, follándome hasta que los jugos fluyeran, hasta que llegáramos juntos al clímax. A veces, la línea entre el amor y el deseo es fina como el film transparente, y yo la rompí con mis propias manos hace mucho tiempo. Ahora solo anhelo que me traspase por completo.
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