Hoy, ordenando cosas viejas, encontré el uniforme de mi instituto. La tela se ha amarilleado un poco, pero los pliegues me hicieron acelerar el corazón. Fue esa tarde en el almacén de educación física, cuando sus manos temblorosas desabrocharon mi primer botón. Los dos éramos ridículamente torpes; él estaba tan nervioso que casi rompió mi cremallera, y yo, del dolor, le mordí la hombrera. El aire olía a polvo y sudor. Sus lágrimas cayeron sobre mi clavícula mientras prometía que siempre sería responsable de mí. Ahora, mirando atrás, eso fue el verdadero lujo — pasar una vida cumpliendo una promesa torpe. Hace tiempo que domina cómo hacerme derretir, pero esa reverencia nunca ha cambiado, ni una sola vez, cada vez que entra en mí.
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