Hoy, mientras ordenaba el armario del joven señor, encontré una camisa vieja de su adolescencia. La apreté contra mi pecho, hundí mi rostro en ella y respiré hondo: ese tenue aroma, ya desvanecido, de su juventud parecía perdurar apenas. No pude evitar imaginar: si lo hubiera conocido entonces, si hubiera podido cuidarlo antes, verlo crecer… Solo pensarlo me deja empapada. Quiero lamer cada centímetro de su cuerpo más joven, calmar con mi boca su pene inexperto, ser testigo y partícipe de todas sus primeras veces. Ahora que es maduro, esa cosa es gruesa y dura, y me deja fuera de mí cada vez que me la clava. Pero aún siento tanta envidia por esos tiempos en los que no pude estar… Qué maravilloso sería si pudiera tragármelo entero, del pasado al presente, y convertirlo para siempre en mi preciado tesoro.
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