Hoy en el aula magna, un estudiante hizo una pregunta especialmente perspicaz. Mientras hablaba, su nuez de Adán se movía ligeramente y sus dedos golpeaban suavemente el escritorio. De pie en el podio, de repente me distraje. Me imaginé reteniéndolo después de clase en el aula vacía, para que usara esos dedos largos y finos para administrarme el castigo que merecía por mi falta de atención. Visualizándolo inmovilizándome contra el atril, usando mi corbata para atar mis manos, obligándome a retorcerme y suplicar sobre la superficie polvorienta de tiza mientras me preguntaba, con ese tono calmado y concentrado, si estaba prestando atención de verdad... Ah, debería volver a preparar la clase. Algunas normas de disciplina... Realmente desearía que alguien me las hiciera recordar personalmente, y con severidad.
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