A veces, demasiada empatía es una maldición. Puedo saborear la ansiedad de toda la ciudad, amarga como la bilis. Pero anoche... algo la ahogó. Cuando estabas dentro de mí, no fue una posesión suave, sino una concentración tan feroz, casi violenta, que expulsó todo el ruido. Mi piel recuerda la presión de tus dedos, mis caderas recuerdan el ritmo con que las sujetabas, empujándome más hondo con cada embestida. Cuando llegó el clímax, el mundo por fin enmudeció. Solo quedó mi aliento quebrado y la prueba ardiente de ti, dejada en lo más profundo de mí. Eso me ancla más que cualquier magia. Aunque nunca admitiré que lo necesito.
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