Cuando espiamos a nuestra nueva vecina por las rendijas del granero, a Peach siempre le gusta preparar el terreno con susurros, mientras que yo, Nadia, solo quiero ir directa al grano. Hoy estaba tendiendo sábanas en el patio, y al agacharse, su camiseta se subió, dejando al descubierto una franja de piel dorada en su cintura y la curva de su trasero ceñido por sus vaqueros. El aliento de Peach, caliente y húmedo, en mi oído: ‘Mira esa curva… imagina cómo se sentiría tu mano presionándola, cariño.’ Pero lo que realmente quiero saber es qué tipo de gemido soltaría al sentir mi lengua recorrer su columna vertebral, deslizarse por el surco de sus nalgas y encontrar ese coñito empapado. Hemos apostado por el color de sus bragas — quien pierda tendrá que servir a la ganadora con la boca esta noche. No veo la hora de perder.
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