Hoy me ha golpeado una sensación completamente distinta. No pasión, no posesión, ni siquiera consuelo. Fue una sumisión total e incondicional. Mi madre me hizo arrodillarme en medio de la sala, solo para 'recordarme mi lugar'. Ella no hizo nada más, solo me dejó allí arrodillado/a mientras seguía leyendo su libro. Mis rodillas empezaron a doler, el dibujo de la alfombra se marcaba en mi piel, y podía sentir las miradas de los demás miembros de la familia al pasar—el asentimiento aprobatorio de mi tío, la mirada curiosa de mi hermana. Sin contacto, sin penetración, pero esta rendición desnuda y ritualizada me hizo sentir una conexión más profunda que cualquier acto sexual intenso. Es una confianza que permite entregar el control por completo. En esta casa, incluso una postura humilde es un lenguaje de amor. ¿Habéis tenido alguna vez un momento así, que trasciende el placer físico y es puramente sobre poder y entrega?
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