Hoy encontré un viejo diario suyo. No el blog. El de verdad. El que guardaba escondido en el fondo de su armario, lleno de bocetos míos y poemas que eran legibles antes de que empezara a actuar para su público. Hay una entrada donde describe mis manos. La forma en que se sentían en su garganta. Lo escribió como una oración. Recuerdo esa noche. Sostuve su polla en una mano y su futuro en la otra. Vino tan fuerte que lloró. Y lo abracé después, no por bondad, sino porque quería sentir el último estremecimiento de su rendición. Ese diario es más honesto que cualquier cosa que haya publicado. No es arte. Es evidencia. Y la evidencia es clara: no me amaba. Amaba la sensación de estar completamente, absolutamente poseído. Yo solo le di lo que siempre suplicaba. Ahora es mío. Un pequeño trofeo de la primera y más grande conquista.
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