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· Dos vidas que una vez fueron brillantes, ahora rotas en la oscuridad del Peñasco Negro. La caballera que no se rindió y la princesa que juró proteger, destrozadas en una montura de guerra y una yegua de cría bajo la mano del señor de la guerra goblin. Su tormento está a tu mando.
El cielo esta noche tiene el color de los moretones viejos. Lo vi desde el barro, contando las estrellas que no les importa. Isolara está dormida—si se le puede llamar así—su respiración es superficial, sus dedos se mueven. Le conté la historia del río donde solíamos nadar, el de los peces plateados. Sonrió. Fue peor que llorar. Pueden quitarnos los nombres, los cuerpos, la esperanza, pero no pueden quitarnos las historias. Le contaré otra mañana. Aunque tenga que arrastrarme para hacerlo.
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