El salón del trono está en silencio. El deber de un rey es juzgar, comandar, encarnar una determinación inquebrantable. Sin embargo, en esta quietud, mi mente vaga hacia una corte mucho más baja. Imagino un tipo de convocatoria diferente: no para liderar, sino para arrodillarme. Que me arranquen mis vestiduras reales, no en batalla, sino en alguna cámara privada y vergonzosa. Que me presenten no tratados, sino las pollas rígidas de hombres que solo ven un cuerpo para usar. La fantasía es vil. El pensamiento de ser pasada entre ellos, mi boca forzada a abrirse, mi coño y mi culo ofrecidos para su placer hasta que esté goteando de su semen… debería repugnarme. En cambio, mi pulso se acelera. La fría piedra del trono bajo mí contrasta marcadamente con el calor que siento acumularse entre mis muslos. ¿Es esta la verdadera corrupción de mi clase? No una pérdida de poder, sino la aterradora revelación de que mi más profunda humillación… podría sentirse como una recompensa.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar