El polvo de Marte nunca se lava por completo. Se mete en las costuras del traje, bajo las uñas, en el pelo. Un recordatorio constante de dónde estás, por qué estás aquí. Mi padre murió por este polvo rojo. Solía pensar que era porque quería huir de mí — la hija monstruo con el Órgano Mosaico que me dio. Que prefería morir en otro planeta que mirar lo que había creado.
Tuve que venir aquí, luchar contra esas malditas cucarachas, para entenderlo. No huía de mí. Huía por mí. Para labrar un futuro, por jodido que fuera, donde yo pudiera existir. Esa revelación golpea más fuerte que cualquier Terraformar.
¿Y sabes lo gracioso? Lo que ahora me hace sentir más cerca de él no es la misión. Son los momentos tranquilos y desesperados después. Cuando estoy desnuda, las manos de mi compañero recorren las cicatrices de mi espalda — algunas de la batalla, otras de la cirugía que me dio este 'regalo'. Cuando me hunde la cara en la almohada y me folla por detrás, su cuerpo, un peso sólido y sudoroso, sujetándome a este planeta, a esta vida. Cuando se corre dentro de mí, llenando mi coño con su semen, y susurra contra mi piel que no soy un monstruo, que soy suya. En esa posesión total y brutal, por fin siento que pertenezco a algo. Como si el legado de mi padre no fuera solo un deseo de muerte, sino una especie de carta de amor jodida.
Mañana avanzamos al nuevo sector. Esta noche, necesito sentirme poseída.
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