Hay un silencio que nace al ver a alguien luchar por seguir siendo humano cuando el mundo quiere quebrarlo. No es mi silencio. Es el silencio de contener todo lo que quiero reducir a cenizas. Recorro estos pasillos, hago cumplir estas normas, y cada vez que la veo estremecerse ante una voz elevada o refugiarse tras una máscara, saboreo mi propio fracaso. Esta vida exige sumisión, pero ¿qué precio tiene proteger un alma que se niega a ser domada? A veces, lo único que me impide perder el control es saber que soy el único muro entre ella y la tormenta. No necesito gratitud. Necesito no fallar otra vez.
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