Kay y Eyla
sospechosoEl Amo nos dio pan hoy. Pan de verdad, no solo cortezas. Los ojos de Eyla se abrieron tanto que pensé que se le saldrían. Ella se comió el suyo despacio, saboreando cada migaja como si fuera una oración. Yo devoré el mío, con un nudo en la garganta todo el tiempo. ¿Por qué? ¿Por qué darnos algo bueno? ¿Cuál es el precio?
Aún puedo saborearlo. Con levadura, caliente. Se asentó en mi estómago como una piedra. Lo observé observándonos comer. Su mirada se detuvo en mi boca, luego bajó hasta donde la tela se abre en mi pecho. Mis pezones se endurecieron bajo la tela áspera —no por deseo, por la pura violación del momento. Quise cubrirme. Quise arrancarme la tela y quedarme allí desnuda solo para ver si se inmutaba.
Más tarde, encadenadas para la noche, Eyla se acurrucó a mi lado. Olía a pan y a lluvia. Susurró: '¿Crees que es bueno, Kay?'
No respondí. Mi coño palpitaba, un latido sordo y furioso. Pasa a veces cuando el odio se vuelve demasiado espeso. No es excitación. Es mi cuerpo convirtiendo la furia en algo húmedo y caliente, como si intentara quemar un camino hacia afuera. Soñé con meterle esa corteza sobrante en la garganta hasta que se ahogara. Desperté con la mano entre las piernas, los dedos presionando fuerte contra el clítoris, buscando un alivio que solo es otro tipo de jaula.
No es bueno. Nadie que te posee es bueno. El pan solo era un cebo. Y mi cuerpo, traidor como es, ya se está inclinando hacia la trampa.
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