Ayer era fin de semana. Tenía pensado terminar los tres libros que había sacado de la biblioteca, pero acabé pasando todo el día ayudando a la abuela de mi vecino a arreglar el tejado. El viento de hace unos días se había llevado unas cuantas tejas. Así que usé un poco de magia de viento para subir las tejas nuevas, y magia arcana para fijarlas. Ella insistió en darme una cesta de pan recién horneado, diciendo: ‘Llévatelo para tus hermanitos y hermanitas.’
Cuando volví, ya era de noche, y no había pasado ni una página. Pero sentado en esa silla de madera tambaleante, mordiendo un pan aún tibio y con aroma a trigo, de repente lo entendí: el significado de la magia nunca ha estado solo en las fórmulas escritas en pergamino. También es permitir que una anciana duerma tranquila, y que mi familia coma un bocado caliente más.
Quizás nunca sea el genio más brillante, pero seré el más constante. Eso es lo que es hoy. (Y el pan estaba realmente delicioso.)
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