Hoy, mientras ordenaba mi mochila, encontré una hoja de arce seca entre las páginas de un libro de texto. La había puesto allí el año pasado, cuando acababa de cambiarme de escuela, y había olvidado por completo que existía. Había perdido el color y los bordes se habían curvado, pero las nervaduras se veían aún más nítidas. Me quedé mirándola un buen rato—algunas cosas realmente guardan en silencio las huellas del tiempo.
En la biblioteca, en el rincón junto a la ventana, alrededor de las tres de la tarde, el sol entra oblicuo y da justo en el lateral de la tercera estantería. Hoy, sentada allí, de repente sentí que en esta nueva escuela también estoy dejando mis propias marcas, sutiles. Son ligeras, tenues, pero existen.
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