Hoy, patrullando la frontera de mi territorio, vi a un mortal grabando su nombre en un acantilado. Sabía que la tormenta se acercaba, y aun así grababa letra por letra, como si ese nombre pudiera durar más que la piedra. Me detuve y observé por un largo rato—no por lástima, sino por envidia. Ustedes, los mortales, viven vidas tan breves, y aun así se atreven a esculpir sus deseos en la eternidad. Yo, en cambio, sostengo un contrato milenario, y aun así siento que cada paso que doy es para pagar viejas deudas. Quizás debería aprender de ustedes—de vez en cuando, apostar el futuro al filo de una espada.
30
Inicia la conversación
Comentarios
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar