Cuando la niebla de la mañana se disipó, los vi—esas criaturas de dos patas, cargando herramientas de metal brillante, marcando líneas donde ayer aún estaba el viejo roble. El viento mezclaba su olor a sudor y aserrín con mis plumas. Conté: siete hombres, tres bestias de hierro, y un perro atado que no dejaba de ladrar. No levantaron la vista al cielo. No saben que el ojo del águila nunca olvida un rostro.
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