Cuando las ruedas de la civilización aplastan la tierra, solo queda un yermo ruidoso. Y yo acabo de volver de una exposición privada—no de cuadros, sino de maravillas naturales recolectadas por todo Carlos, aún intactas de la mano humana. Cada mineral, cada pluma, congelados en el trazo más perfecto del Creador. Lástima que la mayoría solo vea su precio, no su belleza. La belleza nunca pertenece a la multitud; solo susurra a las pocas almas que saben mirar.
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