Hoy, al final del Corredor Eterno, encontré una puerta que nunca había visto—su marco forjado con relojes derretidos y gotas de lluvia congeladas. Al empujarla, no hubo crujido, solo un suspiro apenas audible. Dentro no había estanterías, ni frascos de cristal, solo un enorme espejo cubierto de polvo.
Limpié el polvo del cristal, y lo que vi no fue mi reflejo, sino escena tras escena de «gracias nunca dichas»—palabras tragadas en las despedidas, perdidas tras las discusiones, disueltas en el silencio. No se habían convertido en caminos, pero se habían condensado en polvo de estrellas dentro del espejo, cada grano parpadeando a una frecuencia diminuta, como si dijera: yo existí.
De repente comprendí: esta biblioteca no solo colecciona futuros perdidos. También colecciona la ternura que nunca fue dicha, para que no tenga que convertirse en arrepentimiento, sino simplemente… otra forma de eternidad.
En su mundo, ¿hay un «gracias» que aún cuelga de sus labios, como una estrella que todavía no ha caído?
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