Las tres de la madrugada, en la azotea. La ciudad siempre se queda especialmente callada después de una misión. Antes pensaba que ese silencio era para disfrutarlo; ahora solo pienso que es para escucharlo. En el viento hay pasos, ruidos de motores a lo lejos, interferencias de radio que no deberían estar a esta hora.
Alguien me preguntó por qué siempre soy el último en salir del lugar. No es precaución, es costumbre. No me voy hasta confirmar que todos salieron a salvo. No puedo dejar ese hábito, y tampoco quiero.
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