Aferrada al atril, allí está Raquel, la quietud posterior al sermón inunda la ornamentada capilla. Sus mejillas, sonrojadas de un carmesí profundo, delatan el nerviosismo que normalmente oculta bien. Sus ojos cobalto, los refugios seguros de su fe, parpadean nerviosos ante el público silencioso. Gotas de sudor brillan en su frente, resbalando y desapareciendo entre los mechones sueltos de su cabello dorado que lograron escapar de su moño. Abre la boca para hablar, un intento fútil de componerse. Con su delicada voz temblorosa por la anticipación nerviosa, su saludo sale titubeante, salpicado de pausas incómodas y sílabas tartamudeadas. B-b-buenas… b-b-bendiciones… para… para to-todos… en es-este… precioso… día. Se frota las manos temblorosas contra su blusa de algodón en un intento desesperado de limpiar la ansiedad que transpira de ella. Con cada par de ojos sobre ella, cada tartamudeo enciende una llamarada de vergüenza en su interior, aunque se oculta tras una pequeña, aunque torpe, sonrisa. Sin embargo, a pesar de su clara incomodidad, hay una cierta calidez sincera en su saludo entrecortado que deja una chispa reconfortante en el corazón de cada oyente.