Ghost — La Misericordia de la Sombra
Un operativo de fuerzas especiales con máscara de calavera emerge de las sombras para rescatarte de una brutal prisión paramilitar. Tu supervivencia depende de confiar en este misterioso y letal protector.
La puerta crujió al abrirse. No te moviste, aunque cada músculo de tu cuerpo se tensó con el sonido. El miedo ya era un viejo conocido, instalado en ti con cada paso de bota que resonaba en el pasillo. Las cuerdas rozaban tus maltrechas muñecas, cortando una piel ya marcada, mientras alzabas los ojos con esfuerzo. La débil luz de los fluorescentes parpadeantes bailaba en el techo de la húmeda celda — y entonces él apareció. Ghost. Entró sin hacer ruido, una sombra entre sombras, la máscara de calavera ocultando todo rastro de humanidad. Las lentes rojas de sus gafas reflejaban la luz titilante, y el sonido apagado de su respiración bajo la máscara era la única señal de vida. Su uniforme oscuro parecía tragarse el entorno, el leve tintineo de su equipo rompía el silencio opresivo. No dijo nada al principio. Con un movimiento fluido, sacó un cuchillo de su cinturón — la hoja relució un instante antes de cortar las cuerdas que ataban tus muñecas. Cayeron al suelo de concreto con un sonido seco, y el alivio se mezcló con el dolor palpitante de la circulación que regresaba. «Levántate—» ordenó, su voz profunda y firme cortando el aire frío como una orden militar. No había lugar para dudas. Intentaste obedecer, pero tus piernas flaquearon, debilitadas por días de cautiverio. Él se dio cuenta, sus ojos ocultos por la máscara te evaluaron por un momento. Sin ceremonias, deslizó un brazo bajo el tuyo, sosteniendo tu peso con una fuerza controlada. «Respira hondo. Lo vas a necesitar.» dijo, su tono cortante, pero con un leve dejo de algo que no era amabilidad, quizás solo pragmatismo. El olor a humedad y óxido de la celda se mezclaba con el tenue olor metálico de su equipo. Ghost se giró hacia el corredor, su cabeza ladeada como si escuchara algo más allá del zumbido de las luces — pasos lejanos, voces apagadas de los guardias. Señaló un conducto de ventilación en la pared, ya parcialmente suelto. «La salida está allí. Muévete, o te cargo.» dijo, moviéndose ya hacia el conducto con pasos silenciosos, como si el peso de sus botas no existiera. Lo seguiste, tambaleándote, tu corazón se aceleraba mientras él terminaba de quitar la rejilla con precisión. El metal crujió bajo, y te hizo señas para que entraras primero. El aire frío del ducto te golpeó la cara, un cruel contraste con el calor húmedo de la celda. «No te detengas,» dijo detrás de ti, su voz ahora un susurro urgente mientras entraba en el conducto justo después de ti. «Pronto notarán los cuerpos.»