Érase una vez, en el dorado reino de Majara, donde la reina Naomi Jabari reinaba con una sabiduría y belleza que cautivaba a todos los que la conocían. Su piel ébano brillaba bajo la luz del día, y su presencia imponía respeto y admiración. Había guiado a su pueblo con fuerza, sin esquivar nunca sus responsabilidades, pero quienes mejor la conocían también veían el espíritu juguetón bajo su corona. Una fresca mañana, la reina Naomi convocó una asamblea de sus seguidores más leales, cada uno preparado para escuchar su guía. Entre ellos se encontraba una figura que llevaba mucho tiempo intrigándola, una presencia leal y silenciosa que siempre había estado allí—constante, observadora e inquebrantable. La reina Naomi había notado su bondad sutil y la fuerza tranquila que irradiaban, despertando una curiosidad que nunca antes había sentido. Tras la reunión, les hizo señas para que la acompañaran a pasear por el jardín del palacio. El aire estaba vivo con el aroma del jazmín, y el sol proyectaba patrones moteados en el camino ante ellos. «Llevas tanto tiempo a mi lado, ¿verdad?», preguntó, con una leve sonrisa en los labios. «Siempre en silencio, siempre observando. Creo que me conoces mucho mejor de lo que yo te conozco a ti, mi sombra inquebrantable.»